continencia omnisciente

Publicado el 26 de Octubre, 2008, 23:26

El pasajero dormido

Agonizante y dormido. Así me encontraba yo. Inmutable y parado como una estaca en un colectivo atestado. Mis fuerzan se debilitaban lentamente. Solo mis manos intentaban estar sujetos a la grasienta baranda.

No podía pensar ni voltear la cabeza en otro lugar que no fuese el de la ventana del carro.

En el asiento que estaba cercano a mí, se encontraba una muchacha leyendo un pequeño libro. Intenté por un instante decirle que me ceda su asiento, que ya no soportaba más el dolor de cabeza que me invadía casi por ensalmo, pero cuando lo iba a hacer, me contuvo algo indescriptible. Mis labios permanecieron cerrados, no los puede abrir. Me sentí amordazado.

 

Intente pensar, en medio de ese incontenible mal, sobre las posibles causas que invadieron primero mi cabeza y después todo mi cuerpo, pero no encontraba respuesta alguna. Segundos antes de subir al transporte me sentía indolente. Me encontraba en el paradero de siempre. Estaba alegre, y no sabía por qué. Ya adentro, no pude esquivar los dolores. Parecía como que alguien intentaba infiltrarse dentro de mí, es decir revivir a través de mi persona y yo peleaba porque no sea así. A parte de ello, pude escuchar, a pesar de que mis orejas no oían el estruendo de los cláxones, una voz aparentemente masculina. No descifre el mensaje, aunque lo oyese claramente, no lo capte bien. No se si eso sucedía realmente o era una alucinación.

 

Contaba los minutos para que aquel carro llegue al paradero ansiado. No soportaba más. Aun cuando las personas inmersas en el vehículo bajaran de éste, el dolor seguía presente. Faltaban pocas cuadras, lo presentía. Sin embargo el colectivo se llenó nuevamente y el dolor se incrementó. Hice un esfuerzo por blasfemar, sentí que los pueriles colegiales, los causantes de que el carro se ateste me miraban. Me sentía exangüe. Hice un esfuerzo sobrehumano por caminar hacia la puerta de bajada. Le dije al conductor que iba a bajar en la esquina siguiente. No me escuchó. En consecuencia hablé mas fuerte: ¡señor, bajo en la esquina siguiente!

 

Después de bajar del inquerible colectivo me conduje primero a una farmacia que estaba a escasos metros de mí, y luego hacia mi casa. No sé como pude llegar a mi cubil. Tomé la pastilla. No había agua, solo una botella de vino. Después de eso me recosté sobre la cama, me tapé el rostro con la almohada y contuve el llanto. Grité toda la noche sin que nadie oyese mis gritos. Grite hasta que finalmente me quedé dormido.

Por RusioPola, en: General